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jueves, 22 de diciembre de 2016

Las princesas Disney ya no buscan príncipes: ahora buscan su propia identidad


En los últimos años Disney ha dado un giro maravilloso en sus películas. Tras pasar gran parte de su historia lanzando mensajes subliminales tóxicos, romantizando el Síndrome de Estocolmo en Beauty and the Beast (1991), y dando a entender que el único final feliz posible era casarse con un príncipe rico (siempre MUY asquerosamente rico), sus nuevas historias han dado un vuelco mucho más intimista: ahora, las princesas ya no buscan a su príncipe... más bien, se buscan a sí mismas.

Estaba reflexionando sobre el tema a raíz de haber visto ayer Moana (o Vaiana en España y otros países europeos por problemas de derechos de autor). En general, una gran pregunta dirige todo el argumento de las películas Disney: ¿quién soy? Elsa en Frozen (2013) tenía miedo de sí misma y de sus poderes, y Mérida en Brave (2012) luchaba por encontrar su lugar en una sociedad patriarcal. Pero esta búsqueda del ser de una misma, del "destino", no es nueva.

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Pocahontas en 1995, por ejemplo -unas de las primeras películas "adultas" de Disney-, ya planteaba la búsqueda de la identidad en el contexto de un gran choque cultural, siendo esa guerra una alegoría del conflicto interno que vivía la propia Pocahontas: ¿qué "yo" debía ser ella? ¿El yo obediente que lideraba a su pueblo y aceptaba un matrimonio concertado, o el yo rebelde que elegía a quién amar?

Lo realmente novedoso de las últimas películas Disney es que esta búsqueda de la identidad ya no involucra necesariamente a un interés amoroso masculino. Las princesas ya no requieren a un príncipe para encontrarse a sí mismas; Disney se ha lanzado a explorar otras relaciones que hasta ahora habían sido más secundarias en sus películas. Mérida se encuentra a sí misma cuando repara la relación con su madre, Elsa se libera al aceptar el amor que siente por su hermana, y Moana encuentra su propia identidad en la colectividad, en su pueblo.

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SIEMPRE lloro con esta escena.

¡Pero no digo que amar a un príncipe esté mal! Una película que trate el amor de una princesa a su príncipe también puede lanzar buenísimos mensajes y ser feminista. Lo que celebro es que Disney, antes demasiado anquilosada en los mismos tópicos, haya decidido contar historias diferentes y dar voz a otras relaciones que pueden ser tan importantes como las románticas: amistades, familiares.

Mulán (1998) ya fue extraordinaria en ese sentido, siendo la relación de amor entre un padre y una hija la más fundamental de la película, pero incluso ella necesitó a un hombre a quien querer, aunque fuera mucho más secundario... Moana ni siquiera lo ha requerido. Eso nos habla de la valentía de Disney, de su predisposición a salir de su "zona de confort" y contar nuevas historias.

¿Para cuándo, pues, una princesa lesbiana?


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Jaja saludos.

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